La hora del diálogo.

Luego de casi tres meses de movilizaciones llega el momento de trabajar por salidas a este conflicto estudiantil. Como siempre, lo más difícil no es protestar, sino saber canalizar esa fuerza en propuestas que se traduzcan en cambios concretos. Hace dos semanas señalaba que este movimiento no podía ser derrotado. Hoy quiero reflexionar sobre cómo ayudar a que sea exitoso.
Lo primero es entender que llegó el tiempo del diálogo. Esto no supone necesariamente deponer las movilizaciones sociales. Pero es un hecho que los problemas nunca se han resuelto en la calle. Ahí se gatillan y masifican, pero donde se resuelven es en una mesa de diálogo y negociación. Sé que para muchos la sola mención de la palabra diálogo o negociación genera urticaria, como si se tratara de claudicar o traicionar la pureza del movimiento. Muy por el contrario. Es la forma de hacer que triunfe. La mejor manera de traicionar el movimiento sería dejarlo debilitarse o morir sin conseguir nada concreto.
Este nuevo tiempo de diálogo exige a todos los actores. Primero al Gobierno. Este tiene que entender que el tiempo de los anuncios unilaterales se agotó. Después de tres paquetes de medidas sin convencer a los involucrados, es obvio que no ha entendido la naturaleza del movimiento. Los jóvenes (y la sociedad) no están luchando sólo por más becas o menores tasas de interés. Quieren un cambio de reglas del juego, donde la educación sea realmente tratada como un bien público y no un bien de consumo o negocio cualquiera. Por lo mismo, si bien riesgosa, nos parece acertada la decisión del Presidente de reunirse cara a cara con los actores. Es dudoso que de ese encuentro salga un acuerdo, pero se habrá empezado un camino de diálogo que hacía mucha falta.
El segundo actor exigido es la clase política, especialmente la oposición. Aquí tenemos el desafío de mirar las luces y sombras de nuestra gestión en educación durante los últimos años, sin caer en la autoflagelación pero tampoco perder la capacidad de autocrítica (y menos la compostura). Es obvio que las angustias de miles de familias que subyacen este movimiento se gestaron durante años. Eso hay que asumirlo sin miramientos. Con todo, no corresponde que como clase política abdiquemos de nuestro rol. Los dirigentes políticos pueden participar en marchas. Yo mismo lo he hecho. La gente sólo nos pide hacerlo con discreción, asumiendo que el movimiento no es nuestro, y que no dejemos de ser lo que somos transformándonos en pseudo dirigentes estudiantiles.
La clase política tiene que aportar hoy, más que nunca, con capacidad de diálogo y propuestas, especialmente ante un gobierno débil. Detrás de los llamados a plebiscito no existe tanto una crítica teórica al sistema de democracia representativa, sino una muy concreta al sistema político actual. El actual empate artificial y las súper mayorías para legislar hacen que los cambios que desea la ciudadanía sean virtualmente imposibles en el Congreso. Sin reformas políticas de fondo (binominal, quorums, inscripción automática y ley de primarias), no tendremos la necesaria legitimidad que sólo mayor representatividad, participación y competencia pueden traer a nuestra política.
Finalmente, también hay exigencias para los dirigentes estudiantiles. Tal como decía Lula, “se requiere coraje para convocar a una huelga, pero se requiere aún más para bajarla”. Este movimiento ha tenido una fuerza y una transversalidad social y política cómo no ha tenido ningún otro movimiento social en 20 años. La razón es sencilla: la creciente clase media (tradicional y trabajadora) entró a un sistema donde por primera vez la educación superior estaba al alcance de la mano. Lamentablemente el costo de acceder y mantenerse en ella generó un descontento y una angustia inimaginables. Así y todo, no existe movimiento que no tenga un ciclo de desarrollo con su debido término. El que hoy estemos en el clímax de esta movilización, supone una tremenda responsabilidad de los dirigentes en saber cómo conducirse. Si se negocia mucho o muy rápido, serán acusados de traidores y perderán legitimidad. Si se demoran demasiado o lo exigen todo, corren el riesgo del desgrane del choclo y de la polarización. Ambos escenarios son malos, pero es obvio que ya llegó el tiempo de dialogar y proponer. No conseguirlo todo en esta batalla, no será una derrota si logran sembrar el germen de cambio en un sistema cuya base es el lucro. Los jóvenes ya mostraron coraje en las protestas. Ahora veremos si todos los actores muestran inteligencia y audacia en las propuestas.