¿Por qué la centroizquierda?
En un reciente viaje a Marsella, Francia, los amigos del Partido Popular Europeo (PPE), cuyo núcleo originario fue la democracia cristiana y que, especialmente desde 1989, ha devenido en un partido de "centroderecha", me preguntaban por qué la DC chilena es parte de una alianza de centroizquierda. La misma pregunta se hacen algunos en Chile. Ésta es mi respuesta y mi reflexión, más con ánimo de abrir que de cerrar un debate que considero necesario y pertinente. Sostengo que, en la política chilena, en el contexto de América Latina -no estamos en Europa-, en un sentido estratégico y en una perspectiva de mediano y largo plazo, la convergencia entre la democracia cristiana y el socialismo democrático y, más específicamente, el entendimiento entre la DC y el PS son la base de la gobernabilidad democrática, del progreso y el bienestar en un país como el nuestro.
Del desencuentro entre la DC y el PS se siguieron grandes males, como lo atestigua el Chile de fines de la década de 1960 y comienzos de la de 1970. Ese desencuentro -es cierto, en Plena Guerra Fría, otro contexto, otra historia- es uno de los factores que nos ayudan a explicar el quiebre democrático. Del encuentro entre la DC y el PS se han seguido grandes bienes. Ahí están las últimas dos décadas y media para atestiguarlo.
Del encuentro entre Gabriel Valdés, Ricardo Núñez y Ricardo Lagos, en 1982-83, surgió la Alianza Democrática. Del reencuentro entre Patricio Aylwin y Clodomiro Almeyda, en 1988-89, surgió la Concertación de Partidos por la Democracia. Esta alianza de centroizquierda, llamada a interpretar y representar los anhelos de una mayoría social y política, ha contribuido de manera decisiva a la paz social, la gobernabilidad democrática, el crecimiento económico y la equidad social en las últimas dos décadas.
El actual gobierno de derecha (o de centroderecha) tiene una plena legitimidad democrática, en cuanto a haber alcanzado una mayoría electoral en 2009, pero está muy lejos de haber alcanzado una mayoría social y política. Desde el Frente Popular (1938-1948) hasta los gobiernos de la Concertación (1990-2010) pareciera existir una suerte de columna vertebral, un nicho político-electoral constituido por una alianza de centroizquierda llamada a interpretar los anhelos, aspiraciones y demandas de las grandes mayorías nacionales.
No es que la Concertación tenga el monopolio de las virtudes ciudadanas y de la representación democrática. La alternancia en el poder sigue siendo una característica de la democracia representativa. Lo que ocurre es que la centroderecha pareciera tener una suerte de falla o limitación estructural, en cuanto a una dificultad para transformar la mayoría electoral en mayoría social y política.
Me alegro sinceramente de que los intentos por dar por "superada" la Concertación, surgidos desde el interior de la misma, en el curso del presente año, no hayan prosperado. La DC ha contribuido significativamente a que ello no ocurra. El documento "Nuestro Compromiso", del 5 de octubre pasado, suscrito por los cuatro Presidentes de partidos de la Concertación, es una declaración de voluntad política llamada a hacer efectiva esta alianza de centroizquierda, en una perspectiva de futuro. La DC tiene que asumir este compromiso sin complejos, procurando marcar su propia identidad, introduciendo el matiz, rompiendo el hielo, tendiendo puentes, mostrando cuantas veces sea necesario su verdadera vocación de entendimiento, y no de confrontación. La política de alianzas de la DC está constituida por la Concertación de Partidos por la Democracia, y así debe seguir siéndolo hacia el futuro, entendida como el germen de una nueva mayoría social y política, y de una alternativa de gobierno que va más allá de la propia Concertación, pero que encuentra en ella a su núcleo fundamental. Una alternativa que asume -y no reniega- los grandes cambios introducidos en Chile en las últimas dos décadas.
Las contiendas electorales de 2012 y 2013 tienen que demostrar que existe una alternativa -no un refrito, no un bis- a un gobierno de derecha, y que esa alternativa, en el contexto de Chile y de América Latina, está mejor servida desde una alianza de centroizquierda, democrática y progresista, que se constituya en una verdadera alternativa al neoliberalismo y al neopopulismo. Más que renegar, o dar por superada, hay que fortalecer, renovar, profundizar y proyectar una alianza de centroizquierda convertida en alternativa de gobierno.
Senador Ignacio Walker P.
Presidente de la Democracia Cristiana